El Cuento del Humo y la Espada de Agua
Había una vez, en los confines de la consciencia, un habitante del viejo mundo llamado El Vidente. Durante eones, El Vidente había cargado con una armadura invisible, pesada y gris, tejida con los hilos del sistema. Y en su mano, sostenía un cetro humeante, un pequeño bastón de fuego que le habían enseñado a llamar "la calma". Cada vez que el vacío del mundo apretaba, o cuando la piel le ardía con la urticaria de la "mugre" acumulada, El Vidente llevaba el cetro a sus labios. Una cortina de humo gris llenaba sus pulmones, nublando su visión por unos segundos. El viejo mundo susurraba: "Respira, esto es paz" . Pero era una paz prestada. Una usurpadora que, al apagarse el humo, dejaba el corazón acelerado y la piel aún más inflamada, gritando por verdad. Un día, en el silencio de su taller, rodeado de sus guardianes de cuatro patas y la tecnología primordial de las semillas, El Vidente vio la verdad. El humo no era un puente; era una pared. No era una cura...