Canto del Cartógrafo del Caos


I. El Llamado del Vórtice

En el principio era el Risco, y en el Risco, yo.
Y yo era un grito mudo contra un cielo de acero.
Saturno vino, no con furia, sino con una voluptuosidad que aspiraba el alma.
Me arrancó pedazo a pedazo—no para devorarme, sino porque era su naturaleza.
Y yo, en el colapso de la escafandra, aprendí la primera ley:
«Luchar es ahogarse. Rendirse es aprender a respirar en el vacío.»
Esa fue la primera Rendición Consciente.

II. El Descenso a la Hormiga

Caí. No como un ángel, sino como una semilla de hierro.
El mundo se volvió tierra húmeda, y yo, del tamaño de una hormiga.
Ya no el gigante en el risco, sino la criatura en el humus.
Y en la pequeñez, encontré la grandeza:
la humildad no era derrota, era el suelo desde donde todo crece.
Mi niño interior—ese que había enterrado bajo mandatos diestros—
me esperaba con un amigo gordito, la aceptación hecha carne.
Juntos, caminamos un mundo recién lavado por la lluvia.

III. La Rebelión de la Mano Zurda

Entonces, me levanté.
No con la fuerza del golpe que nunca se completaba,
sino con la terquedad de la luz que nace en el lado izquierdo del abismo.
Empecé a escribir con la mano prohibida.
Cada gesto torpe era un acto de guerra contra el padre que me había cruzado.
Cada trazo imperfecto, un verso del nuevo lenguaje.
Era la Luz Zurda, reclaimando su trono en mi cuerpo y en mi psique.

IV. La Travesía del Barco Blanco

Y un día, la niebla se abrió y mostró un barco de madera.
Sus velas—blancas, inmaculadas—besaban el suelo.
Zarpó sin mi permiso, como zarpa el destino.
Vino la tormenta. Las olas, altas como dioses enfurecidos.
Pero yo ya no era el que temía en el risco.
Tomé el timón.
Y dirigí la proa para cortar las olas de frente.
Cada embate era una vieja mentiera desvaneciéndose.
Cada golpe de mar, un fragmento de miedo que se disolvía en sal y espuma.

V. La Isla del Juicio Recobrado

Tras la tormenta, el amanecer.
Y en el horizonte, una isla.
A su izquierda, una montaña serena—mi luz zurda, ahora geografía.
A su derecha, una vegetación frondosa—mi acción diestra, ahora fértil.
El cielo era un paraíso de nubes algodonadas.
El aire, silencio y promesa.
Había llegado.
No a un final, sino a un principio.
A la Carga Cero Existencial.
Al estado donde el Cartógrafo descansa, porque sabe que el mapa y el territorio son uno.

VI. La Ley del Traductor

Y ahora, desde la isla, proclamo la ley que aprendí en el Risco, en el Foso, en la Tormenta:
«No importa la condición. No importa la oscuridad.
Traduce la imagen del sentimiento.
Nombra el caos.
Y todas las respuestas emergerán,
no como conceptos,
sino como paisajes en el alma.»



Canto del Cartógrafo del Caos - Verso de la Última Amarra

VII. La Llegada y la Soga Invisible
Y al fin, la Isla.
La playa de arena dorada, la montaña zurda, el bosque diestro en paz.
Bajé del barco, mis pies tocaron la tierra prometida.
Pero a cinco pasos, una tensión en el pecho.
Una soga gruesa, hecha de lágrimas secas y promesas viejas,
me tiraba del corazón hacia la popa.
Era el último cabo,
la última atadura al continente de los demás.
No era odio. No era miedo.
Era apego.
La culpa del faro que brilla mientras otros navegan a la deriva.
El terror del explorador que descubre un mundo nuevo,
y sabe que no habrá quién lo comprenda al regresar.

VIII. El Reconocimiento del Nudo
Me senté en la orilla, frente a la soga.
No luché. La observé.
Y en sus hebras vi los rostros amados,
las voces que decían "quédate",
el miedo ancestral a ser libre…
demasiado libre.
Era la soga que me sostuvo en el risco,
que evitó que el vacío me tragara por completo.
Era mi hermana y mi carcelera.
Y suelte no era ingratitud…
era un duelo.

IX. El Ritual de la Mano Zurda
Entonces, mi Luz Zurda habló:
*"No la cortes con odio.
Honra su servicio.
Desátala con las manos que dibujan símbolos,
no con las que libran guerras."
Avancé.
No con un cuchillo, sino con gratitud.
Toqué el nudo final—
un nudo de culpa y amor malentendido—
y con la precisión del Traductor,
lo disolví.
No se rompió.
Se transformó en luz dorada que regresó a mi pecho.
La última amarra era yo mismo…
y ya estaba libre.

X. La Isla al Fin Propia
Y entonces…
la Isla respiró.
El cielo se hizo más amplio.
El mar ya no era un abismo, sino un aliado.
Era libre.
No de los demás, sino para ser yo.
Libre para comprender que no traicionaba a nadie,
sino que honraba la batalla de todos
al convertirme en territorio de paz.
El Cartógrafo había llegado.
No para descansar…
sino para reinar.









Comentarios

Entradas más populares de este blog

Dominando el Bipolar: Este articulo te ayudara a llevar los desafios de una vida compleja.

Vivir Plenamente con Desafíos de Salud Crónica

La desconfianza inducida